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— Charles Dickens

Un buen hombre

Sinopsis

La asombrosa transformación de un hombre, causada por un suceso ajeno e insesperado. De millonario, excéntrico e individualista a un hombre bueno. ¿O acaso siempre lo ha sido?

 

Un buen hombre

      Federico Osses se encontraba cómodamente sentado en su gran silla de cuero, mientras observaba unos gráficos plasmados en su computadora y meditaba profundamente acerca de ellos. Su oficina era una espaciosa habitación que constaba únicamente de un lujoso escritorio ubicado en la parte trasera del lugar, y de una gigantesca biblioteca que cubría toda una pared, dotada de todo tipo de libros, principalmente de temas relacionados con la economía, finanzas y todo tipo de negocios. Las demás paredes estaban libres, salvo por la presencia de algunas pinturas, probablemente originales y de pintores muy famosos. El cuarto presentaba una tranquila luminosidad debido al ventanal ubicado a espaldas de Federico, que reflejaba una hermosa vista al lago. Era común que Federico se parara frente al paisaje, y lo admirara por tiempos prolongados, observando un oscuro lago que recordaba a un espejo, custodiado por altas montañas rocosas, y el verde del bosque de pinos al pie de las mismas. A esas horas de la mañana del día martes 2 de septiembre, a las 8:30, los rayos solares incidían de una manera especial, conformando una atmósfera de paz que no encajaba con los sonoros y molestos ruidos mecánicos de los autos de una ciudad en constante movimiento, provenientes del otro lado del edificio de la empresa constructora “Osses Construcciones S.A.”.
    Federico vio interrumpidas sus meditaciones por tres fuertes golpes de la puerta.        
-Entre- dijo Federico en un tono monótono.
    Inmediatamente entró un alto joven de aspecto formal, vestido de traje negro y con un aire frenético. Pablo Morales tenía 31 años y era el secretario de Federico. Rápidamente caminó hasta ubicarse frente al escritorio de su jefe.
-Buen día señor. Le recuerdo que a las 9 de la mañana debe presentarse con el arquitecto Cortez por aquel asunto del proyecto del Paradise Hotel. Usted quedó en reunirse con él en las construcciones-.
-Si ya lo sé, Pablo. ¡Estos arquitectos son intolerables! No hay con que darle, tienen sangre de artista. ¿Sabe que es lo peor?-.
-¿Qué es señor?-preguntó automáticamente.
-Que yo tenga que soportar que el proyecto se encuentre nuevamente estancado, y que los inversionistas protesten constantemente ante el estado del proyecto. Flores ya ha llamado doce veces, quejándose y ya no lo soporto más. Además, esto no solo los perjudica a ellos, sino principalmente a mí. He invertido un monto considerable de dinero, y tengo la certeza de que mis beneficios duplicarán esa cantidad una vez que el hotel esté puesto en funcionamiento. Si no fuese porque el arquitecto Emilio Cortez posee grandes aptitudes, ya lo hubiese despedido mucho tiempo atrás.-terminó esta última frase abruptamente, resopló con fuerza y luego continuó:
-Enseguida estoy contigo Pablo. Sólo déjame terminar con éstos gráficos…-Realizó una tecleadas rápidas sobre su computadora y se paró- Listo. Vámonos ya, llegaremos tarde.-
    Su secretario dio media vuelta y se encaminó hacia la salida. Federico lo siguió a pasos agigantados, pues Pablo era increíblemente veloz, tal vez debido a su frenética personalidad, una personalidad tan común en estos días, cuando las personas se dejan llevar por la misma rutina todos los días, y se encuentran en un constante movimiento, en permanente trabajo, y sin detenerse a pensar siquiera en ello. Parecen robots programados con una actitud de ansiedad y frenetismo constante, en donde el individualismo juega un papel muy importante en sus frías cabezas estereotipadas.
    A pesar de la velocidad que tenía Pablo para caminar, el jefe de Osses Construcciones lograba alcanzarlo fácilmente. Tenía 52 años, y sin embargo no los aparentaba. Casi no tenía canas en su pequeña cabeza cubierta de cabello castaño y su cara,  deleitada por la presencia de grandes ojos verdes, no poseía demasiadas arrugas, a diferencia de otros adultos de su edad. La aparente juventud de Federico se debía principalmente a los ejercicios físicos que realizaba tres veces por semana. Era un hombre atleta y siempre lo fue. Desde pequeño solía jugar a la pelota con sus amigos, aunque eso significara quitarle tiempo a los estudios.
    Caminaron hasta llegar al ascensor que los llevaría desde el piso 73 hasta la planta baja. A la salida del ostentoso edificio los esperaba una reluciente limusina color negro. Federico subió al vehículo y dio una rápida mirada hacia el edificio que recién había dejado. Era una importante construcción, quizá la más predominante de la zona. Constaba de 73 pisos y estaba recubierto de vidrios translúcidos de color negro, que le daban un aspecto futurista y diferente. Federico se puso a pensar en todo lo que había logrado. En sólo diez años había cruzado el umbral de la clase media, para convertirse en un poderoso burgués adinerado. Y lo había hecho sólo y comenzando desde abajo. Cuando tenía cerca de 30 años comenzó una empresa que lo llevaría a la gloria en poco tiempo. Tuvo un golpe de suerte al encontrar una gran oportunidad de compra de un terreno que él sabía que luego aumentaría considerablemente. Pidió un crédito al banco y compró el terreno. Un mes después lo revendió obteniendo beneficios que triplicaban al primer precio. Éste fue el inicio de una larga carrera hacia la gloria y el poder. Después de ello realizó diversos negocios: compró otros terrenos, construyó hoteles y departamentos. Creó a Osses Construcciones y construyó más edificios de alojamiento, además de algunos barrios privados y centros comerciales. Es necesario destacar que el hombre no sólo tuvo suerte. Poseía además conocimientos en finanzas y economía lo aventajaban a la hora de hacer negocios. En fin, con once hoteles, dos barrios privados, tres centros comerciales, una fábrica de autos y otras residencias menores, Federico Osses era una de las personas más ricas de la ciudad.
    Todos estos pensamientos pasaron por su mente, mientras su chofer lo llevaba hasta el lugar en cuestión.
    Treinta minutos fueron los necesarios para llegar. El chofer paró el motor y Federico, junto con su secretario, se apearon del vehículo y contemplaron la construcción. Ésta todavía estaba en una etapa inicial, por lo que todavía no se podía distinguir qué tipo de instalación se estaba construyendo. Junto a una pila de ladrillos se encontraban dos móviles policiales, y un brillante coche color plateado.
-¡Federico cómo le va! Una hermosa mañana, ¿no lo cree?- Emilio Cortez, dueño del auto color plata, se había acercado y saludaba con disimulada gentileza a la pareja recién llegada.
-Tiene usted toda la razón, es una espléndida mañana- señaló Federico sin tanta vehemencia y continuó:
-Cuénteme Emilio, ¿Qué es lo que sucede ahora?-
-Acompáñeme por aquí, que le mostrare cual es el problema.-dijo esto mientras los guiaba por un sendero que llevaba hasta la parte trasera del edificio en construcción.-Es que sólo necesito la aprobación de usted para la compra de ciertos materiales necesarios para compensar ciertas inestabilidades que posee la estructura, si usted me entiende. El ingeniero terminó convenciéndome acerca de ello. ¡Y mire que cuesta convencerme! Aquí es.-frenó precipitadamente lo que hizo que Federico se tropezara y cayera al suelo de tierra.
    Mientras se quitaba el polvo del traje y recibía las debidas disculpas de Cortez, alcanzo a divisar un grupo de gente que se amontonaba a unos veinte metros de donde estaban, cerca de un portón trasero que llevaba a la salida hacia la calle.
-¡Ven conmigo maldito! ¡La cárcel te enseñara a cómo comportarte!-un policía vociferaba estas palabras mientras que con una mano golpeaba a mazazos a un  hombre de unos cuarenta años, sucio y desprolijo, y lo obligaba a salir del lugar. Otro grupo de personas, alrededor de diez, lo seguían tristes y apurados por temor a que lo fueran a golpear a ellos también. Detrás de ellos, había otros tres policías que escoltaban a este grupo de gente hacia la salida.
    Federico, olvidándose completamente del arquitecto y las razones por las que había acudido al lugar, trotó velozmente hacia el portón de chapa y salió del terreno hacia la vereda. El grupo de personas estaba siendo ingresado en dos móviles policiales. Un niño de alrededor de cinco años lo miraba con ojos consternados fijamente hacia los ojos, durante tanto tiempo que Federico no pudo seguir fijando la suya, por lo que tuvo que desviarla. Esos grandes ojos tristes, afligidos y llorosos. Una fina lágrima recorrió sus minúsculos pómulos hasta depositarse en el cuello de su vieja y desprolija camisa. Repentinamente un policía surgió desde atrás y le tocó el hombro a Federico. Era el oficial Martinez.
-Buenos días señor-saludó el oficial. Era joven, de tez morena y cabello rizado.
-Buen día oficial. ¿Puede usted explicarme qué es esto?-
-Cómo no. Señor Osses, el caso es el siguiente: sucede que el día de hoy hemos sido notificados de que estas instalaciones estaban siendo ocupadas por una familia, usurpadas quiero decir, señor. Estas personas simplemente se trasladaron a este lugar con el fin de hospedarse.-dijo el oficial Martinez un poco irritado.- Inmediatamente procedimos a desalojar el lugar, como es debido. No obstante, estas personas se negaron rotundamente a dejar el lugar. Decidimos entonces obligarlos a hacerlo.-
-Cómo se debe hacer. Ha hecho un magnifico trabajo, oficial.-le felicitó automáticamente.
    Le dio la espalda al oficial y se dirigió hacia el arquitecto Cortez para terminar definitivamente con aquello.
    Una vez terminado con este asunto, Federico volvió a su oficina con vista al lago, y se sentó nuevamente en su lujoso sillón de cuero. Encendió su computadora y se dispuso a seguir trabajando. Sin embargo, no pudo concentrarse, algo le molestaba y no podía descifrarlo. No era algo físico, sino algo puramente mental. Simplemente tenía ciertos asuntos que no le terminaban de cerrar dentro de su cabeza.
    Sin darse cuenta, en la mente de Federico se estaba desatando una lucha entre dos posturas contrapuestas, que cambiarían para siempre el curso normal de su vida.
    Finalmente desistió a trabajar, y decidió volver a su residencia. Le avisó a su secretario que se iría más temprano de lo común y su chofer lo llevó hasta su hogar. Este consistía en una ostentosa mansión ubicada en las afueras de la ciudad. Cruzó el camino que lo llevaba a la puerta principal, mientras observaba la vegetación que el mismo había elegido y que lo acompañaba en su trayecto hasta la entrada principal.  La puerta era doble de madera lustrada y decorada con formas metálicas alargadas que revestían los bordes de la misma.  Federico ingresó a su residencia a las 15:00, y automáticamente se dirigió a su habitación. Le avisó a su ama de llaves de su llegada, y le ordenó que no lo molestase. Tres horas fueron las que el señor Federico Osses se encontró parado frente a su gran ventanal con vista a las rocosas montañas de su ciudad natal. Tres horas enteras, totalmente ido y con ojos fijos en el paisaje. Ciento ochenta minutos, pensando y meditando, recordando la manera en que había llegado a ser la poderosa y adinerada figura que hoy en día era, con aires de egocentrismo. A las seis horas vespertinas, se encontraba recostado en su cama de dos plazas con el estómago. Estaba cansado, por lo que al cabo de un corto tiempo se quedó dormido.
    Tuvo un sueño muy extraño, pero significativo y claro. Se encontraba solo en un lugar desconocido. Todo estaba a oscuras y no podía distinguir ninguna forma a su alrededor. El silencio era mortal. Repentinamente, el suelo desapareció mágicamente y comenzó a caer en picada al oscuro espacio que tenia debajo de sus pies. Gritaba, desesperado, esperando su llegada al duro suelo. No obstante, contempló por debajo de sus pies, una superficie acuosa y cristalina. Era el lago. No se encontraba espejado. Al contrario, estaba en constante movimiento y unas grandes olas rasgaban la superficie. Finalmente cayó. Intentó nadar, pero misteriosamente no podía siquiera avanzar un metro. Rápidamente comenzó a ahogarse. Intentó nuevamente nadar, pero para su fascinación, lo que lo rodeaba no era agua, eran papeles. Millones y millones de papeles. Y no eran papeles en blanco. Eran facturas y boletos de todos los tipos. No sólo eso, también había billetes de de diez, de veinte y hasta de cien pesos. Se dio por vencido. No podía nadar. Moriría… Silencio. Todo se puso en blanco y a la lejanía distinguía una imagen que se acercaba cada vez más. Unos grandes ojos tristes y afligidos…
-¡Nooooooooo!-gritó desesperadamente al vacío. Era un sueño, una simple pesadilla.
    Teresa, la ama de llaves, penetró la habitación para ver lo que sucedía.
-¿Señor, se encuentra bien?-preguntó, asustada.
-Maravillosamente bien…- contestó Federico, sonriendo alegremente para la extrañeza de Teresa.

Juan Manuel Tatianni se sirvió nuevamente una taza de café con tres cucharadas de azúcar.  El consideraba muy importante a la comida matutina, por lo que se la tomaba en serio. Café y tostadas con dulce conformaban su grandioso desayuno, y así era como el lo consideraba.
Terminó de servirse su taza de café y se sentó en la silla más cercana. Encendió su televisor para escuchar el noticiero local. Su hogar era una humilde casa del centro cívico, frente a una estación de servicio y a tres cuadras del supermercado. Tenía un solo cuarto y un baño, además de la reducida sala de estar (en donde también se ubicaba la cocina) en la que ahora se encontraba. Era todo lo que tenía y no necesitaba más. Su trabajo como químico en los “Laboratorios Medicors” no le representaba un gran salario, pero lo hacía feliz. Era su vocación.
Juan Manuel escuchaba distraídamente las noticias de las que hablaba el periodista, mientras se disponía a atacar una nueva tostada con dulce de frutilla.
“El crimen no da tregua. Tres personas fueron asesinadas esta mañana durante su trayecto hasta un kiosco ubicado en las cercanías de sus casas. Según testigos, el asesino intentó robar la cartera de una de las personas, una señora de unos 60 años, y se vio impedido por otros dos hombres, uno de 31 años y otro de 36 años, que en el intento de evitar el robo en cuestión recibieron las balas de una pistola calibre 22 portada por el asesino, para luego también asesinar a la señora. La policía no logró atrapar al asesino, pero sus investigaciones apuntan…”
La atención de Juan Manuel sobre la reciente y horrorosa noticia fue interrumpida por los duros y fortísimos golpes a la puerta. ¿Quién podría llegar a ser, a las 6:30 de la mañana? No acostumbraba a recibir muchas visitas, y nunca durante las mañanas.
Caminó dubitativamente hacia la puerta y preguntó muy levemente:
-¿Quién es?-.
Inmediatamente recibió la respuesta:
-Juanma, ¡soy yo, soy Fede!- vociferó entusiasmadamente Federico Osses.
    “¡Que extraño, Federico Osses tras mi puerta intentando desesperadamente entrar!”, pensó. No solía recibir las visitas de su amigo. Es más, no recuerda haber recibido alguna. Usualmente era el que visitaba a Federico a su casa, donde compartía tardes y hablaban sobre la vida de cada uno. Se hicieron amigos durante la última etapa de la secundaria, luego dejaron de verse un poco debido a la disparidad de las carreras que ambos eligieron. Mientras que Juan Manuel comenzó a estudiar Ingeniería Química, Federico se decidió a estudiar Administración de empresas. Aunque las carreras pertenecían a la misma Universidad, no solían verse muy seguido, y las visitas regulares de Juan Manuel eran las que sostenían a la amistad en pie.
Abrió la puerta de par en par y una conocida figura se le apareció en frente. Una amplia sonrisa se dibujaba en su pequeña cara, que dejaba ver unos blancos y lustrosos dientes.
-¡Amigo mío!-gritó Federico mientras abrazaba a su amigo tiernamente.
-¡Que sorpresa! La verdad que no lo esperaba. Ven. Pasa, ponte cómodo- le decía Juan Manuel mientras le señalaba el sillón más cercano, frente al televisor.
    Ambos se acomodaron y comenzaron una larga charla acerca de diversas trivialidades sin importancia.
-Me alegro de que estés aquí, amigo mío. Pero no creo que hayas venido a contarme nimiedades. Cuéntame a que has venido- le exigió amablemente Juan Manuel.
-¡Ja, ja! En eso tienes toda la razón-se acomodó nuevamente en su sillón y prosiguió:
-Esta mañana tuvo un sueño muy extraño. Yo nunca sueño o por lo menos no me acuerdo de ello, por lo que eso lo hace aun más misterioso- confesó Federico.
    Le contó todo el episodio onírico anteriormente descripto con lujo de detalles. Al finalizar el relato, Juan Manuel estaba desconcertado.
-No lo comprendo, ¿Qué me quieres decir? ¿Qué significa?- preguntó curioso.
    Juan Manuel le comentó el suceso acontecido el día lunes en su hotel en construcción.
-Fui un descarado al dejar a esas familias en la calle. Fui un egoísta y desinteresado. Pero los ojos de aquel pequeño y delgado niño me abrieron la mente. En el momento no me di cuenta, pero éste sueño lo confirma. Desde hace una década he sido un hombre de negocios. He andado de aquí para allá, comprando y vendiendo, haciendo mucho dinero en poco tiempo. Tuve un golpe de suerte una vez y desde ese momento no pare más. Continué con mi ambiciosa actitud, y fundé varias empresas, construí edificios, hoteles y barrios privados. Me hice rico. Ya no debía pensar en el dinero. Ya todo estaba hecho y no tenía porque seguir ganando más, pues ya no necesitaba más. Debí haber frenado mi codiciosa carrera hacia la “gloria”, y regresar con mi esposa y mis dos hijos. ¡Ay hijos míos que he hecho! ¡Los he abandonado por un montón de condenados papeles verdes! ¡Querida y hermosa Clara, como te extraño esposa mía! Tú sabes que fue toda esa actitud de ambición mía la que me alejo de mi familia. Si, tú lo sabes. Fue la causa de mi condenado divorcio. Yo nunca estaba en casa, sino en mi oficina, tramando más y más negocios. Mi padre siempre me ha dicho que en la vida lo importante era ser feliz, y según él la única forma de realizar ese sueño era construyendo una firme base económica. Pero cuan equivocado estaba el pobre hombre. Yo me guié por sus consejos y ahora sufro las consecuencias. Mi hija Sofía tiene 17 años y no sé nada de ella. Mi hijo Sebastián de 10 años apenas lo conozco. Lo único que hago es mandarles el dinero acordado en el contrato de divorcio, y eso no es más que una obligación. Sin embargo, no me di cuenta de mi codicia y continué invirtiendo, creando más y más negocios, y mis beneficios se vieron multiplicados impresionantemente. En sólo diez años he conseguido lo que probablemente diez familias de clase media ganan durante toda su vida. Y eso es avaro, amigo mío. Es muy avaro. ¿Cuántas familias hay hoy en día en la calle, pidiendo simples limosnas para cubrir sus necesidades alimenticias diarias? ¿Cuántos niños se están muriendo de desnutrición mientras sus padres intentan infructuosamente obtener algo de dinero? ¡Cuántas villas miserias! ¡Cuánta pobreza! Mientras más lo pienso, más me duelo y me mortifico. Tengo culpa, amigo mío. Y tengo que revertirlo, no puedo vivir con ella. Aquel niño me ha abierto los ojos. No solo eso. Me ha devuelto la vista, pues antes estaba ciego. Ciego de ambición y de poder. Ciego de dinero. Oh, querida mía…-No pudo terminar la frase, y rompió en sollozos bajo el amparo de un cariñoso y consolador abrazo de su amigo Juan Manuel.
-Vaya, eso sí que es una confesión, amigo mío-decía mientras le palpaba el hombro. A Juan Manuel le sorprendió la transformación de su amigo durante su extensa declaración.  Desde una amplia sonrisa, a una preocupada expresión, a un mar de lágrimas imparables.
    Inesperadamente, Federico Osses se desprendió suavemente de los brazos de su amigo, se secó las lágrimas con la manga de su camisa, y lo miró a su compañero con ojos consternados.
-Pero aún no es tarde. Seré viejo, no estaré rebosante de juventud, pero aún no es tarde, amigo mío. Revertiré la situación. Estás frente a un hombre nuevo-vociferó estas últimas palabras con fuerte ímpetu y se paró. Ágilmente corrió hasta la salida, miró hacia atrás y gritó:
-¡Adiós Juanma! Tengo algunas cosas que hacer y resolver…-le dio la espalda, y se fue tan velozmente que Juan Manuel no alcanzó a despedirlo.

Esa mañana Federico Osses era un hombre totalmente renovado. Rebosante de alegría debido a esta confesión interior, tomó un taxi y se dirigió a su oficina. En el camino hizo unos llamados a su secretario Pablo encargándole algunas diligencias. Al llegar a su oficina, Pablo ya le tenía los papeles listos. Le avisó a Pablo que no asistiría al trabajo porque se tomaría el día libre. Tomó los papeles y se dirigió a la central de policía a pie, pues quedaba a ocho cuadras de allí. Durante su trayecto a la central de policía ideó su plan, y se convenció de él.
Llegó al lugar con la frente brillante de sudor, y se dirigió a un oficial de policía ubicado detrás del escritorio principal.
-Buen día oficial. -El oficial asintió con la cabeza en forma de saludo.
-Tengo una consulta acerca de un grupo de personas que fueron apresadas el día de ayer, por usurpación de propiedad privada. ¿Sabe usted algo de eso?-
-Afirmativo señor. Ayer hemos apresado a un grupo que se habían prácticamente adueñado de un edificio en construcción, creo que se llama Paradise Hotel o algo por el estilo. Se encuentran en una celda al final de esta central. Los menores de edad están retenidos también aquí hasta que se sepa la decisión del juez, señor-explicó el oficial.
-Exacto. Quisiera pagar la fianza y liberarlos señor.-afirmó Federico convencido.
    El policía lo miró con extrañeza pues, ¿qué tenía que ver un adinerado con un grupo de indigentes? No le interesaba y no le correspondía saberlo. Realizaron todos los pasos necesarios para la liberación de estas personas, con el pago de una fianza insignificante para Federico, teniendo en cuenta su fortuna.
    Luego, el policía se dirigió a la parte trasera de la central de policía y se perdió de vista. Un momento después salía acompañado por nueve personas con caras sorprendidas y desconfiadas. El extenso grupo estaba conformado por dos adultos, un hombre de unos 40 años y una mujer de alrededor la misma edad, cuatro adolecentes (tres mujeres y un varón) y tres niños varones pequeños.
-Aquí está el señor que los liberó-el oficial señaló a Federico con un aire desinteresado y aburrido.
    El hombre mayor se acercó a Federico y le agradeció incesantemente, con lágrimas en los ojos.
-Es lo que debía hacer-señaló Federico, risueño-No sólo eso. He conseguido una vivienda que creo que les será muy cómoda y apropiada. La tenía sin uso y pienso que es perfecta para ustedes. Aquí están los papeles. Sólo deben firmarlos.-
    Las caras de los afortunados revelaban una gran confusión, que lentamente se convirtió en una alegría tremenda. Los adolecentes comenzaron a saltar de alegría y los pequeños intentaban seguirlos, mientras que el hombre mayor los abrazaba y la mujer, madre de aquellos niños, le agradecía de forma increíble a Federico. Era inexplicable la felicidad que aquellas personas sentían. Federico les tendió un bolígrafo con el que firmarían el contrato que los otorgaría un nuevo hogar.

-Esas fueron mis acciones del día de hoy-terminaba de relatar Federico a su amigo Juan Manuel.
-Lo que me estás diciendo es que liberaste a nueve personas que habían usurpado tu propiedad, les compraste una casa, se las regalaste, y le conseguiste un puesto de trabajo al padre de la familia en tu fábrica de autos.-balbuceó Juan Manuel pensando si le faltaba algo a esa maravillosa historia.
-Así es.-confirmó  Federico.
- ¡Increíble! Y la razón de todo ello no fue más que un sueño loco que tuviste el día de ayer, lo que te guió a actuar de esta manera. Verdaderamente es una historia maravillosa. Te felicito Federico, eres una gran persona. ¡Ojala pudiera yo obrar de esa manera!-
-Gracias amigo, pero no he finalizado aún. ¿Qué de las demás personas sin hogar, sin comida, sin trabajo? Creo que puedo ayudarlos amigo mío, tengo el entusiasmo y el dinero suficiente para hacerlo. Es hora de colocar esos verdes en destinos mejores.
    A partir de aquel día, Federico comenzó una nueva carrera hacia la solidaridad y la generosidad. En los años siguientes Federico Osses realizó un gran aporte a la sociedad. Creó un centro de atención comunitario en el centro cívico, en donde se atendían a las personas sin hogar. Allí se les daba comida, agua y un hogar donde dormir. Fundó tres escuelas en zonas antes desprovistas de ellas. Creo un hospital público, en donde se atendía a las personas gratuitamente. Creó la Fundación “Niños por siempre” que albergaba niños huérfanos y se los atendía debidamente. Además, hizo un gran aporte de dinero a investigaciones científicas destinadas al descubrimiento de curas para enfermedades diversas. En todos los diarios y revistas se ilustraba a este curioso y bondadoso personaje que se le dio por ayudar a las personas. No tardaron en aparecer seudónimos que lo representaban. Los más destacados fueron “Freddy, el filántropo” y “El bondadoso Osses”. La prensa televisiva y de radiodifusión insistían en hacerle reportajes a los que él accedía amablemente, y les contaba su historia y cómo había llegado a ser lo que ahora era.
    Un día, Federico iba caminando a orillas del lago azul, pensando en todo lo que había hecho. Caminó por dos horas meditando, feliz por lo que ahora se había convertido. Ya no era el millonario que antes solía ser, pero todavía poseía el dinero suficiente para vivir tranquilamente. Ahora tenía menos dinero, pero tenía miles de almas agradecidas, y un corazón lleno y completo. Sin embargo, Federico sentía que le faltaba algo para completar su felicidad. No tardó en descubrirlo: era su familia. La extrañaba muchísimo y durante los pasados años no había intentado acercárseles, probablemente muy ocupado con sus trabajos solidarios. Pero ahora sintió la necesidad de tenerlos nuevamente a su lado, de abrazarlos y de decirlos cuanto los amaba. “Entonces, hazlo”, le dijo una voz interior. Sorpresivamente comenzó a correr velozmente a través de un sendero que lo llevaba a la costanera. Corrió sin cesar. Corrió tanto que no podría decir siquiera la distancia aproximada. Súbitamente, frenó frente a una casa de tejas negras y con jardín verde de plantas. Tomó aire y fuerzas. Cruzó el sendero que lo llevaba a la puerta de madera y tocó suavemente a la puerta de madera. Un momento después apareció la hermosa figura de su ex mujer. Sus rizados cabellos rubios encuadraban unos bellos ojos verdes y una nariz respingada. Miro a Federico con gran asombro y no supo que decir. Su corazón latía fuertemente. Hubo un silencio que pareció una eternidad, en donde ambos se miraron mutuamente a los ojos, hasta que Federico reaccionó, finalmente:
-Clara, querida mía, lo siento mucho-bajó la mirada, avergonzado.
    Clara se le acercó, le levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Ninguna otra explicación era necesaria.
-Está bien, te perdono- le dijo en tono indulgente.
-Te amo- dijo Federico.
-Yo también te amo- le replicó Clara y ambos se fusionaron en un abrazo eterno. Federico era ahora un hombre completo y no necesitaba más nada.
-Ahora soy un buen hombre, querida- confesó Federico, feliz.
-Siempre lo has sido amor. Sólo te desconectaste por un rato.-