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"Lo peor es cuando has terminado un capítulo y la máquina de escribir no aplaude."

— Orson Welles

El viejo

Sinopsis

Un hombre desesperado y abatido por la pérdida de su familia. No vislumbra otra salida, más que la propia muerte. Es el fin de las penurias. ¿Qué diría si un viejo le diera una segunda oportunidad para moldear los acontecimientos?

 

El viejo

Bajó del taxi y se dirigió al edificio. A mitad de camino se frenó y contempló la construcción. Su mirada recorrió toda la estructura, desde abajo hasta arriba. Era un rascacielos altísimo. Con 323 metros de altura y 60 pisos, se convertía en el edificio más alto de la ciudad. Contempló una vez más los relucientes ventanales que recubrían toda la circunferencia de este cilindro gigante.
-Es perfecto-pensó en voz alta.
    “¡Perfecto! Que ironía que la perfección se mostrase en aquellos dolorosos momentos”, pensó abatido. Es que ya nada le parecía perfecto a aquel hombre. Todas las formas, los colores, los olores, los paisajes, absolutamente todo lo que algún día le había parecido perfecto y hermoso, no eran más que insignificancias de un monótono color gris. Ya todo estaba perdido y no había nada que hacer. Lo había decidido hace tiempo y no iba a echarse atrás. ¿Quién iba a imaginar que terminaría así? ¿Qué hubiese pensado de él su difunto y querido padre? Poco le interesaba, ya que en unas horas dejaría de pensar, dejaría de humillarse frente a una vida tan maldita…
      A las 3:30 de la madrugada de un frío y llovioso jueves, penetró las puertas automáticas e ingresó al hall principal. “Al menos alguien me recibe…”, pensó. El lujoso ambiente estaba dotado de importantes pinturas y esculturas, que impregnaban la zona de famoso arte. Paseó la mirada alrededor del lugar, y asintió conforme, pues el lugar estaba totalmente vacío, como lo había supuesto. A la izquierda del hombre se encontraba la recepción, que constaba de un enorme mostrador de madera lustrada con finos retoques plateados de metal. Detrás del mueble se encontraba una simpática muchacha de ojos claros y reluciente uniforme. Estaba hablando por teléfono.  Su voz era dulce y clara. No fue lo que al hombre le pareció.
-Muchas gracias por su atención. Que tenga muy buenas noches-colgó el teléfono y, esbozando una sonrisa, alzó la mirada hacia la persona que tenía enfrente.
-¿En que puedo servirle?- preguntó amablemente.
    El hombre dudó, pero finalmente recobró fuerzas y dijo:
-Las llaves de la suite 196, por favor-su voz sonó fría y entrecortada.
 La muchacha se dio vuelta y buscó las llaves colgadas en el enorme muestrario de llaves ubicado en la pared de atrás.  No tardó más de cinco segundos en encontrarlas. Las tomó y se dirigió nuevamente al cliente.
-Aquí están. Necesito que me muestre algún documento que me confirme su identidad. Con el DNI o con el pasaporte será suficiente- miró al cliente esperando una respuesta.
-Si… Aquí está, tome-respondió el hombre mientras le entregaba el documento nacional de identidad.
    La muchacha chequeó que todo estuviese bien, le entregó las llaves y le devolvió el DNI.
-Aquí tiene, que tenga buenas noches-lo despidió con una sonrisa.
Sin responder a la despedida, giró hacia su derecha y prácticamente corrió hacia un moderno ascensor ubicado en la parte posterior del hall. Fatigado (los 43 años ya comenzaban a sentirse), se paró en seco y tomó un poco de aire. Una vez recobrado el aliento, ingresó a aquel cubo metálico que lo llevaría a su objetivo final. Cerró las puertas e ingresó los números en la pantalla que tenía en frente. Lentamente, el ascensor comenzó a subir. Piso por piso, metro por metro. Era un largo recorrido hasta el último piso del hotel, por lo que le quedaba algún tiempo para meditar. Se sentó en el brillante piso metálico, apoyando la espalda en la pared y con la cabeza entre las rodillas. Varias imágenes pasaban por la condenada mente de aquella persona despechada. Una a una, se fueron acumulando hasta conformar un gran embrollo que desesperó y debilitó aún más al hombre.
“Al ver la figura del médico salir de la sala de urgencias, se paró frenéticamente y esperó a que el doctor llegase. Su paso era lento y dubitativo, pero su mirada estaba fija al frente. En un momento las miradas del hombre  y el doctor se cruzaron, e inmediatamente este último la desvió hacia otro lugar. Algo no andaba bien…
El hombre se ubicó al frente del médico, y lo miró, preocupado. Hubo un silencio en el cual el doctor buscaba las palabras  correctas.
-Señor, hemos hecho todo lo posible pero… no pudimos salvarlo estaba muy herido… Ha fallecido-miró al hombre cariñosamente- María la acompañará en estos momentos y le indicará que hacer- señaló una joven mujer al lado suyo-Lamento muchísimo su pérdida-le dedicó una última mirada y se volvió lentamente hasta desaparecer de la vista de aquel pobre hombre.
    En un primer momento, no pudo reaccionar. Aún no podía concebir la terrible noticia. Su hijo de siete años había muerto y no lo podía creer. No podía ser. Algo tenía que estar mal, tenía que haber un error…Un momento después se encontraba arrodillado con las manos en la cara, gritando de tristeza y llorando como nunca lo había hecho. Los gritos sonaban escalofriantes a través de las frías paredes del vacío hospital.”
    La escena se esfumó de su mente tan rápidamente como había llegado, e inmediatamente fue reemplazada por otra.
    “Desde la entrada a la habitación, miraba a su esposa que yacía dormida en la incómoda camilla de hospital. La observaba con preocupación mientras trataba de encontrar las palabras correctas. Una mala noticia debe decirse con cuidado, atendiendo a las posibles reacciones del oyente. Sin embargo, pensó que la reacción siempre sería la misma, cualquiera sea la manera en que le transmita la noticia.
    Inesperadamente, la mujer abrió los ojos muy lentamente y enfocó la mirada hacia su esposo. Le dedicó una sonrisa, al ver que se encontraba en perfecto estado, pero desapareció al instante, al ver la expresión de su marido.
    El hombre se acercó hacia donde estaba su esposa y entre repetidos sollozos logró transmitirle la terrible noticia. Al terminar, el hombre la abrazó tiernamente, aunque su esposa no le correspondió de igual manera. Lo alejó violentamente y, como recordando algo, lo miró furiosa.
-Tú... ¡Tú!- vociferó estas palabras mientras su esposo la miraba, desconcertado.- ¡Es tu culpa! ¡La noche anterior saliste hasta tarde con tus malditos amigos! ¡Desgraciado! ¡Te quedaste dormido durante el viaje y por eso chocamos! Ahora mi pequeño esta muerto y no puedo hacer nada, miserable…-su diatriba fue reemplazada por un llanto espantoso el cual su esposo intentó consolar. No sirvió de nada, y su esposa lo empujó bruscamente.- ¡Sal de aquí! ¡Vete! ¡No quiero volver a verte nunca más en mi vida! ¡Vete!- los gritos desesperados de la mujer llamaron la atención de las enfermeras que se encontraban en la habitación contigua e inmediatamente acudieron al lugar. El hombre, abatido, se dejó llevar hasta la salida…”
La imagen se desvaneció al instante, y el hombre alzó la mirada, perdido. Aquellas imágenes le parecieron irreales y antiguas, lejanas en el tiempo. Sin embargo, eran reales y habían sucedido durante el transcurso del día anterior. Dejó a un lado estos pensamientos y se dio cuenta de que ya se encontraba en el piso 56. El ascensor estaba quieto. No pudo calcular cuanto tiempo había estado sentado allí, posiblemente se había quedado dormido. No le interesó demasiado descubrirlo, y salió del ascensor.
El ambiente se encontraba en completo silencio. Unas potentes lámparas iluminaban el ancho corredor que llevaba a cada una de las suites. Se deslizó suavemente a través del resplandeciente piso, como si sus piernas funcionaran independientemente de su cerebro. A mitad de camino, una mucama surgió de otro pasillo que se conectaba con el que se encontraba, y se le colocó delante. Empujaba una de esas mesitas móviles para llevar bebidas alcohólicas.
-Señor, ¿se le ofrece algo? Tengo champaña, vino… ¿Algún tentempié? ¿Sushi, caviar?- la mujer le ofreció un sinfín de opciones, hablando sin parar.
    El hombre, irritado y aturdido, le gritó:
-¡No maldita sea, no quiero nada!-la miró ferozmente, y la inocente chica se alejó rápidamente.
    El hombre continuó con su pesado andar hasta llegar a la puerta de la suite número 196.  Los lujosos números sobresalían de la enorme puerta doble de la suite. Era la entrada hacia su destino final. Su destino irremediable. El fin de las penurias, de las tristezas y desgracias. Con estas palabras en su mente, penetró a la habitación. Contempló el espacioso cuarto por unos momentos, hasta dirigirse al minibar ubicado en contra de una de las paredes laterales. Sacó la única bebida que había, un vino medianamente bueno que era un regalo de bienvenida que el hotel le otorgaba. Descorchó la botella y comenzó a beber directamente del pico. Se sentó en un sillón cercano y le dedicó sus últimos momentos al vino tinto que sostenía en la mano.
    No tardó más de 15 minutos en terminarlo por completo. Lanzó la botella contra la pared de enfrente, y se hizo añicos, esparciendo sus vidriosos restos por toda la habitación.
-Es hora- se dijo a sí mismo y se levantó. Mareado, caminó con esfuerzo hasta el ventanal de la suite. Le sacó el seguro y la abrió fuertemente. Respiro el gélido aire que se estampó en su cara y colocó un pie afuera. Lentamente, colocó el otro hasta encontrarse completamente fuera de la habitación y a no menos de 300 metros de altura. El paisaje que lo rodeaba era tormentoso. Gruesas gotas le golpeaban fuertemente los hombros y cabeza. Innumerables rayos quebraban el oscuro cielo, hasta golpear salvajemente la desnivelada superficie de la ciudad, mientras sonoros truenos los acompañaban. El ambiente era verdaderamente temeroso. El hombre, sin embargo, no se inmutó, y se dedicó a continuar con su plan suicida.
    Recobró las últimas fuerzas y gritó:
-¡Adiós querida mía!
    Cerró los ojos y saltó al vacío.
    Esperaba una caída veloz, pero no fue así. Sorpresivamente, se encontraba suspendido en el aire, a un metro por debajo del ventanal del que momentos antes había saltado. No lo comprendía. ¿Qué estaba pasando?
    Instintivamente miró por arriba de su cabeza y observó maravillado la razón que evitó su caída. Un viejo desconocido lo sostenía con las dos manos fuertemente por la muñeca derecha. Furioso, el hombre miró a su salvador y le gritó:
-¡Suélteme viejo imbécil! ¡Suélteme!
-¡Oh no, no! No permitiré que se haga esto. Venga, y hable conmigo-fue la respuesta del viejo.
-¡Que se entromete viejo idiota! ¡Suélteme, éste es mi destino!- vociferó el suicida.
-Eso lo dudo mucho, amigo mío- lo levantó increíblemente fácil y lo tiró lejos de la ventana, colocándolo nuevamente dentro de la suite. No obstante, el suicida no se daría por vencido así como así, por lo que realizó un segundo intento y corrió hacia el abismo, pero también frustró en este segundo intento al verse atajado por el viejo.
-Le pido que escuche lo que le tengo que decir. Después es libre de decidir, pero por favor escúcheme antes-el viejo le hablaba al oído mientras el hombre, apresado entre sus brazos, pataleaba y gritaba desesperado para saltar. Unos momentos después se tranquilizó un poco, por lo que el viejo lo soltó.
-Respira hondo. Siente la frescura del aire en tus pulmones-lo consolaba.
    El suicida frustrado le miró no sin poca furia y se sentó en el sillón.
-¿Qué quiere? ¿Cómo diablos entró aquí?
-¡Tranquilo! Tenemos todo el tiempo del mundo para hablar. Pretenderé que me invitó a tomar asiento, por lo que actuaré en correspondencia a la misma-buscó una silla cercana y se acomodó frente al hombre. Luego continuó- La segunda pregunta carece de importancia por lo que me limitaré a contestar que una buena amigo siempre está en los momentos en que se la necesita-Franco recordó a la mucama con la que se había topado en el pasillo- y eso es lo verdaderamente importante, dadas las circunstancias. La primera pegunta es la que quería escuchar, pero su respuesta requerirá de algunas explicaciones. Necesito que te concentres-sus penetrantes ojos verdes enmarcados por gruesos lentes enfocaron la desconcertada expresión de su compañero.
-¡Concentrarme! ¿Acaso es un chiste? ¡Concentrarme en esta situación! ¿Es que no vio lo que sucedía?-Tanto énfasis puso en la última pregunta que casi le escupió en la cara al viejo.
    El viejo se acomodó el atolondrado cabello repleto de canas con sus delgados dedos níveos.
-Aunque te parezca imposible, es justamente lo que necesito que hagas, Franco-le inquirió el viejo.
    Una perpleja expresión recorrió las facciones del hombre.
-¿Cómo diablos sabes mi nombre?
-Se de ti más de lo que tu crees. Es más…-se vio interrumpido por Franco:
-¿Ah si? Pruébalo, pues has podido ver mi nombre en cualquier lugar.
    El viejo, aburrido, resopló con fuerza y comenzó a hablar, rápido y monótono, sin dejar espacios:
-Tu nombre es Franco Siaratelli. Tienes 43 años de edad. Naciste por cesárea el día 4 de agosto del año 1966, en la ciudad de Córdoba. Según tu madre, que se llama Josefina Hayts, te dio a luz un miércoles a las 5 de la madrugada. Ella era psicóloga y tenía un estudio a orillas del río en frente de un banco. Murió en el año 2002 de un paro cardíaco. Tu padre es ingeniero en telecomunicaciones y actualmente vive con su pareja en Uruguay. Tu relación con el no es muy apegada por lo que no sueles verlo con frecuencia y solamente se reúnen en ocasiones festivas. No tienes hermanos y muy pocos primos que viven lejos de tu hogar-tomó aire y prosiguió-En cuanto a ti, actualmente vives en un monoambiente en medio del centro cívico, desde donde trabajas diseñando páginas webs y programando en tu computadora. Eres analista de sistemas, pero de niño siempre quisiste ser médico. No obstante, no tuviste el coraje suficiente para ingresar a la carrera de medicina por lo que optaste por tu segunda opción. Muchas veces piensas qué habría sido de ti si hubieras estudiado medicina-concluyó.
-¡¿Cómo carajo…?!-Franco estaba perplejo, pero la demostración aun no había terminado y el viejo siguió parloteando:
-En cuanto a hechos recientes, ayer a la tarde tuviste un accidente. Ibas de viaje de vuelta hacia Córdoba con tu esposa Patricia y tu hijo de 7 años llamado Sebastián, cuando cerraste los ojos de cansancio (no habías dormido lo suficiente) y te desviaste del camino. Cuando te diste cuenta y abriste los ojos, era demasiado tarde y un camión se te vino encima. Los tres quedaron inconscientes, pero tu hijo murió horas después. Acto seguido, tu mujer te culpó de lo sucedido, te dejó sólo y se fue con su madre. ¿Quieres continuarla tú?
    Franco, totalmente ido y con los ojos enfocando a la nada, dijo:
-Yo, sólo y sin amigos (se dio la coincidencia de que ninguno se encontraba en la ciudad), me encontraba desesperado y en la soledad absoluta. Fui al banco, saqué todo el dinero ahorrado de mi caja de ahorros y reservé esta suite de este condenado hotel. Tomo el ascensor, entro, me emborracho y me dirijo a la ventana. Intento suicidarme y un viejo lo evita-miró al viejo con ojos consternados-¿Qué quieres de mí?
    El viejo hizo caso omiso a la pregunta y dijo:
-¿Qué me dirías si yo pudiese darte una segunda oportunidad? ¿Si yo fuese capaz de permitirte moldear los hechos de otra manera? ¿Qué me dirías, Franco?
-Diría que la graduación alcohólica del vino es demasiado alta y ahora esto no esta pasando- respondió Franco.
-¿Ah, si? ¿Una alucinación te haría esto?- levantó la pierna y dejó caer su pie pesadamente sobre el pie de Franco, que gimió de dolor.
-¡Maldito!-gritó mientras se tomaba el desconsolado pie-Supongo que no eres una invención mía, debes de ser real.
-Obviamente soy real. Tan real como tu y como la mucama con la que te topaste en el pasillo hace unos momentos-el viejo no le hizo caso a la sorpresa de Franco y continuó-Pero no me has contestado la pregunta. ¿Qué me dirías?
-No entiendo la pregunta, explíqueme-exigió el hombre.
-¿Qué me dirías si yo soy alguien que te puede hacer volver el día del accidente? ¿Y que pudieses cambiar los hechos? ¿Estarías de acuerdo? ¿Te gustaría hacer eso?
    Franco respondió inmediatamente:
-Sería lo único por lo que me quedaría con vida. Pero eso es imposible…
-Nada es imposible, Franco. Todo en esta vida depende de uno mismo, y de las acciones que cada uno lleve a cabo. Nosotros somos los dueños de nuestras vidas, y podemos darle el curso que a nosotros se nos plazca. Simplemente hay que creer.
-¿Creer?-Franco no se esperaba esa respuesta.
-Exacto. Creer.
    El viejo se levantó lentamente y caminó hacia el ventanal. Medía casi lo mismo de lo que medía Franco y era tan delgado como el. Se paró frente al tormentoso paisaje y lo contempló pacíficamente.
-¡Me encantan las tormentas eléctricas!-gritó el viejo de placer.
    Franco se paró violentamente y se colocó al lado del viejo, justo en frente del ventanal.
-Así que con sólo creer, puedo volver. Puedo cambiar el curso de los acontecimientos. Pero… ¿creer en qué?
    El viejo se tomó su tiempo, hasta que finalmente sus ojos verdes miraron a los ojos de Franco, también verdes:
-Creer en que pueda llegar a pasar. Creer en que en realidad va a suceder. ¿Crees que puedes hacerlo?-el viejo esbozó una sonrisa al formular la pregunta.
-Dadas las circunstancias, y el hecho de que un viejo vidente se me aparece de la nada y me cuenta la historia de mi vida, supongo que puedo creer en cualquier cosa.
-¡Excelente!-gritó el viejo, feliz-No perdamos más tiempo y lo hagamos de una vez por todas.
    El viejo miró la hora en su reloj de muñeca y habló, emocionado:
-Ya es hora.
    Se colocó frente a Franco de tal modo que las espaldas de Franco daban hacia el abismo detrás del ventanal.
-¿Qué haces?-preguntó Franco.
    El viejo lo tomó por los hombros y dijo:
-Mírame a los ojos.
-Esta bien, pero no creo que esto…-su voz calló repentinamente ante lo que estaba observando. Miró a los ojos del viejo con ojos entornados. Era su reflejo. Miraba al viejo a los ojos, y eran sus ojos. Era como si mirara su imagen en un espejo. Era increíble. Antes de que pudiera decir cualquier cosa, el viejo habló:
-Exacto. Yo soy tu. Tú eres yo. ¿Cómo crees que se todas las cosas que te conté? Ahora que ya lo sabes debes escucharme. Lo único importante y necesario para que esto funcione es creer. Recuerda: creer en que va a suceder, creer en ti mismo, creer en mí. Piensa en tu familia y cree. Nada más. ¿Listo?
    Franco asintió con la cabeza. Inesperadamente, el viejo tomó a Franco fijamente por los hombros y lo empujó hacia el abismo.
    Las últimas palabras que Franco escuchó del viejo fueron: “¡Cree!”.
    Luego, el cuerpo inerte de Franco comenzó a caer rápidamente. Cada vez más y más rápido, mientras la fuerza de la gravedad realizaba su trabajo a la perfección. Miró hacia el edificio y vio como los ventanales pasaban y pasaban velozmente, dejando más y más metros atrás.
    Cuando vio que se iba a estallar en el duro cemento, cerró los ojos y pensó en su familia. Pensó en su querida Patricia y su hermoso hijo Sebastián. Esas dos personas ocuparon su mente y nada más la podían reemplazar.
    Increíblemente, un momento después se encontraba rodeado de una densa oscuridad y en un profundo silencio. Pensó que había muerto, pero de forma inmediata se cambió la escena y el silencio fue reemplazado por una abrumadora bocina.
    Abrió los ojos y no pudo concebir lo que estaba viendo. Se encontraba en su coche. Su esposa estaba en el asiento del copiloto con su hijito en brazos, ambos en un profundo sueño. Cuando miró al frente, un enorme camión de carga se encontraba delante del vehículo a unos 15 metros, a punto de estrellarse. Franco no sabe si fue efecto de la creciente adrenalina que secretaba su cuerpo o un acto divino, pero vivió esos momentos como si todo se moviera lentamente, con lujo de detalles.
    Tomó fuertemente el volante y viró bruscamente hacia la derecha, volviendo al carril correspondiente. Había sobrevivido. Habían sobrevivido.
    Su esposa se despertó como consecuencia del brusco movimiento que realizó el coche.
-¿Qué paso?-preguntó preocupada.
-Nada, todo esta bien-la tranquilizó Franco-¿Quieres manejar vos? Estoy un poco cansado.
-Claro-replicó Patricia.
    Unas horas después, la familia Siaratelli cruzaba el arco de Córdoba y se adentraba a la ciudad, en busca de su hogar.
    Franco alzó la vista al cielo y vislumbró una inminente tormenta que se avecinaba a lo lejos. Para su sorpresa y la de su familia, gritó:
-¡Me encantan las tormentas eléctricas!