Gilgamesch, y el enigma del tercer Milenio.
Enviado por oskar seraphyn ... el Lun, 07/12/2009 - 11:54.
GILGAMESH
El enigma del tercer milenio.
Oskar Seraphyn Sabich
GILGAMESH, y el enigma del tercer milenio.
Oskar Seraphyn Sabich
Capitulo I (El retorno de Gilgamesh)
Poco antes de culminar el tercer milenio de la Era pre-Cristiana, en las proximidades del Río Tigris, ocupando zonas esteparias de la alta Mesopotamia, se halla la mítica ciudad de Nínive, el más importante emplazamiento del Imperio Asirio, habitaban esos territorios descendientes de Sumerios, Elamitas, Acadios y Amorritas.
Este asentamiento humano que contaba con algo más de quinientos años de antigüedad, y es uno de los primeros en el mundo, ha sido decidido sin duda alguna, junto al inicio de las actividades agrícolas, y este gran valle sitiado por dos Ríos en paralelo, el Éufrates y el Tigris, ofrecía excelentes praderas para esta actividad, beneficiada con la estación de lluvias, y la cría de diversos animales para consumo.
Además contaban con la caza de animales salvajes, que abundaban en forma generosa por los enormes bosques y cadenas rocosas, que circundaban por el este al gran territorio.
Al tiempo que se consumó una monarquía, rápidamente se organizó más la comunidad y un gran ejército, pero los hombres en general eran muy desconfiados, toscos, agresivos y sucios, generalmente vestidos con una manta de lana o algodón arrollada de la cintura hasta abajo de las rodillas, y el torso quedaba sin ocultar, así los hombres como las mujeres, luego cabello y barba muy larga en la gran mayoría de la población, solamente la clase privilegiada cercana al Rey tenía acceso al barbero, aún caminaban con una muy leve inclinación de sus torsos y la cabezas hacia adelante, al llegar a los treinta años de edad era común que ocasionalmente se tomaran de la cintura con un brazo, por los dolores que ésta les causaba, vestigios aún del comienzo de la estación bípeda, (el límite de edad era de unos treinta y cinco años promedio).
El lenguaje utilizado por los habitantes de Nínive, era muy tosco y variado, ellos se entendían gestualmente, no obstante, era una lengua semítica y flexiva, parecida al muy reducido lenguaje Babilonío hablado en tierras caldeas, obviamente que todos estaban basados en el antiguo idioma Sumerio, pero el muevo dominador era el Arameo, llegado recientemente debido a las migraciones forzadas en masa por las conquistas del poderoso ejercito Asirio.
El Rey Assurmuraby, de descendencia Sumeria, sus cincuenta esposas, (20 de ellas embarazadas), todas, en general, las mas bellas mujeres secuestradas en las conquistas de los pueblos Urarteos, Hititas, Babilonios y Lullubis, su hijo, y descendiente divino, joven general del primer ejército, Gilgamesh, y trece muy jóvenes hijas, ocupan el gran palacio Assur, así llamado en honor al primer gran Dios Rey supremo, que en el pasado erigió Nínive, La Gran Ciudad de Grandeza Divina, como la llamaban en todo el Imperio, según los visitantes extranjeros se necesitaban cuatro lunas para atravesarla caminando, no solamente por su extensión sino también, por la enorme población que albergaba, y que en el día ocupaban las ondeadas y serpenteantes calles de la misma.
En Nínive se podían observar las estrechas callecitas de piedras ferrosas entramadas con fina arcilla, y a los lados, apiladas como colmenas de abejas, las chozas de arcilla de color marrón claro compactada, junto a enormes monumentos labrados en grandes piedras, cientos de ellos se encontraban esparcidos por toda la ciudad, obtenidos éstos de las conquistas de distintos pueblos, desvastados cruelmente por el imponente, muy temido y poderoso ejercito Asirio.
El clima en la parte mas baja de la ciudad era seco y abrumador, mas por tres meses al año llovía intensamente y en ocasiones llegaba a nevar.
Ingeniosamente, descendientes de origen Acadio, se ocupaban con gran cantidad de esclavos, de atender el buen funcionamiento de todo el sistema de túneles con forma de acueductos que desde su parte más alta, extraían agua fresca del Gran Río Tigris, hasta las cinco enormes fuentes construidas a tal fin en la igual cantidad de sectores en que se encontraba dividida la ciudad, y luego bajaba con otro acueducto igual, pero descendiente, nuevamente hacia la parte baja del mismo Río, de esta forma disponían de agua fresca y bebible en todo momento, y la población se servía de estas fuentes de agua llenando grandes vasijas.
En el interior del Palacio se había construido otra fuente con igual motivo, pero en este caso sólo para los ocupantes del mismo.
Descendientes de Elamitas eran en general capacitados e ingeniosos agricultores, que en la enorme pradera cercana al Río, sembraban y cosechaban trigo, elaborando finalmente todo el pan que se consumía en todas las ciudades del gran imperio Asirio.
La actividad principal de la gran ciudad era evidentemente la agricultura, ganadería y el comercio de algodón del lejano oriente, tejidos de lana y otros productos en general, allí todo era posible comprar y vender, pero se destacaba sobre todo el mercadeo de esclavos, de éstos muchos eran comprados por el Rey a fin de reforzar su ya enorme y poderoso ejército, que jamás cedía en su ambición de conquista de pueblos occidentales, y cuyos efectivos militares se hallaban asentados en tiendas instaladas entre pequeños, pero abundantes bosques de nogales, plátanos, encinas y sicomoros, algo más retirado se encontraba la llanura, cortada por cadenas de grandes rocas ferrosas, (grises), y ondulaciones naturales del terreno rodeando totalmente la ciudad, más allá, con algunos pocos pequeños barcos de remos, flotando asegurados en su orilla, el azulado y torrentoso Río Tigris le otorgaba su último toque de belleza a todo el enorme sitio, las grandes rocas, algunas grises ferrosas, (hierro), y otras ocre claro, (arcilla), formaban una especie de coloreada muralla que junto a la presencia del ejercito permitía de esta manera requisar a todos los visitantes y comerciantes extranjeros, y el feliz recaudador realizaba cómodamente el cobro de impuestos, tanto al salir como entrar a la ciudad.
Era el ejército mas moderno de todos los tiempos, estaba compuesto de infantería y caballería, la primera se hallaba integrada por arqueros y piqueros, vestían protegidos por una coraza hecha de trozos de endurecido cuero de dromedarios, y la cabeza defendida con un casco o yelmo de metal que cubría hasta la base de los hombros, y coronado con una cimera adornada con plumas, en ocasiones con un ornamento de metal aduciendo a algún Dios preferido por el guerrero que lo portaba.
El pesado escudo de metal, era grande, curvado y redondo y empleaban un excelente arco curvado de madera de nogal, flechas cortas, lanza y espada ancha, curvada y también corta.
La caballería contaba con grandes y pesados caballos de poca alzada y ancho lomo y cola, no usaban estribos, ni sillas, solo a veces ponían una gruesa y corta alfombra sobre el lomo del animal.
Los oficiales usaban un carro de guerra de dos grandes ruedas y tirado por dos o tres caballos muy adornados, (jaezados), éste era muy ligero y muy cerrado al frente, no así a uno de los costados para permitir la lucha con el enemigo.
Nínive no necesitó nunca amurallarse porque jamás fue atacada por ejército alguno, ya que su fama era por entonces muy respetada por ser el primer gran contingente militar en poseer armas labradas en hierro y bronce, las canteras se originaron en las grandes rocas grises, a solo pasos de la posición del ejército y de la Gran Ciudad Divina, el mineral de hierro y bronce, era extraído y elaborado por amorritas, quienes se habían especializado en esto, a cambio el Dios Rey les otorgó una licencia ilimitada para cazar y comercializar cabras, cerdos y aves y la carne de diversos animales salvajes, que abundaban en forma numerosa en los alrededores de los bosques y praderas.
Nínive contaba con treinta y dos mansiones en su interior, éstas pertenecían a escribas, intendentes de agricultura, artistas, médicos, políticos, generales, religiosos, intendentes sectoriales, recaudadores y familiares del monarca.
Poseía también cinco templos religiosos dirigidos por igual número de sacerdotes Shangú, quienes se ocupaban de la vigilancia y organización del culto que sumaba a numerosos Dioses y demonios, sobre todo el máximo Dios Assur.
La religión Shangú se regía por el temor en general a todos los Dioses, como así a los Demonios y a la muerte, ya que predicaba que al morir el hombre se marchaba a una penumbra eterna donde no era posible la felicidad, los sacerdotes Shangú disponían de cierta libertad de autoridad religiosa, los templos eran construcciones amuralladas y en el centro de las mismas, otro templo con forma de pirámide en escuadra escalonada, que se conocía como Zigurat, sobre la cúspide de la misma se hallaba una piedra rectangular muy alisada, en la cual los sacerdotes realizaban sacrificios de cerdos, cabras y otros animales, cuanto a veces también esclavos, según lo exigiera la plegaria por la que estaban siendo sacrificados, dejando correr las cabezas y la sangre derramada por los escalones hasta el piso inferior en un canal que corría agua en la cual previamente había sido ungida la víctima.
El Dios Assur era el árbol de la vida, luego convertido en Dios guerrero e identificado con el Sol, su símbolo fue entonces un disco con alas, la Diosa principal era Isthar, Diosa del amor, de la guerra y la fecundidad, “señora de los pueblos”, “Reina del cielo y de la tierra”, “Diosa entre los Dioses”.
Disponían además a pocos pasos del Palacio de una gran Biblioteca muy importante, con miles de tablillas de piedra gris lapidada y otras tantas de arcilla compactada, grabadas con escrituras cuneiforme con himnos, oraciones, plegarias, oráculos, lamentos, conjuros, poemas, textos científicos, cálculos, geometría, técnicas de agrimensura, arte en pintura y escultura, farmacología, astronomía y astrología, disponían de cien tablillas de arcilla compactada, sobre derechos y obligaciones civiles, penales y matrimoniales, y numerosas historias de conquistas realizadas por el poderoso, cruel y muy temido ejército del imperio Asirio.
El Rey era considerado y tratado como un Dios, el enorme palacio, que en realidad era más una gran construcción realizada con grandes piedras y muy fortificada, disponía en su interior, de un módulo central habitacional para el Rey, uno para cada uno de sus hijos, con sus correspondientes sirvientes, y otro más pequeño para sus veinte esposas, luego estaba rodeado de largos pasillos, un templo religioso Shangú con un sacerdote y un adivinador, además a los lados del pasillo de entrada a palacio, había numerosas habitaciones que ocupaban, el intendente del palacio, los médicos y farmacólogos exclusivos del Rey y los hijos, la guardia permanente de palacio, y personal de mantenimiento del mismo.
Assurmuraby, guardaba especial énfasis en el cuidado de sus trece hijas, a quienes amaba profundamente, y celaba mucho más aún, Addylah, Alybia, Alona y Kutha, eran las cuatro jovencitas y bellísimas princesas, pero hijas de distintas madres.
Ellas, eran las preferidas del Dios Rey, y aún no tenían hijos, las otras nueve eran ya madres de una docena de niños y otras tantas niñas.
A los aposentos de Addylah, al igual que todas sus hermanas, sólo podía entrar el Rey, su único hijo Gilgamesh, y las sirvientes mujeres, ellas no poseían sirvientes masculinos debido especialmente a los celos que ponía en evidencia el Rey con sus hijas mujeres.
El Dios Rey Assurmuraby, para seguir con la descendencia divina y la sangre de Assur sólo permitía que sus hijas mantuvieran relaciones sexuales con él mismo y su hijo Gilgamesh, medio-hermano de todas las hijas.
Addylah disponía de la atención y confianza absoluta de su madraza Assurís, quien juró ante el Dios Rey Assurmuraby, quitarse la vida ante la necesidad de protegerla o al pedido manifiesto de la princesa.
Nínive, La Gran Ciudad de Grandeza Divina, era el primer asentamiento de seres humanos política y jurídicamente organizados, y el Dios Rey su máxima autoridad e indiscutible comandante general de todas las fuerzas armadas, aún así los generales del imponente ejercito, los escribas, sacerdotes Shangú, intendentes de agricultura, artistas, médicos, intendentes sectoriales, recaudadores y familiares del Dios Rey, constituían una forma de parlamento acompañando las resoluciones del monarca a la hora de tomar decisiones sobre dictado de leyes, reglamentos, o el castigo a infractores, homicidas, ladrones o funcionarios corruptos.
En la mayoría de los casos se aplicaba con exceso y premura la pena de muerte, y ésta constituía en atar a un poste de madera a la víctima y arrojarle piedras hasta que se produzca su muerte, luego arrojado al Tigris, éste, lo arrastraría río abajo, y ello era considerado muy vergonzoso, ya que su espíritu no retornaría jamás a La Gran Ciudad Divina.
En Nínive, al caer el Sol se suele escuchar un murmullo muy cerrado, que se acrecienta por el eco que produce la especial formación de las chozas de arcilla compactada, éstas se hallan edificadas en dos, tres y cuatro pequeños pisos, no tienen puertas, solo un hueco, ocasionalmente alguna cortina, ese murmullo obedece a la llegada de la hora de las plegarias, todos piden lo mismo, que luego del paso de la luna, vuelva el Sol, entonces oran al Dios Assur, el Dios del Sol.
Está corriendo la estación del florecimiento, y es la decimotercera luna del calendario Asirio-Assur, el murmullo va en incremento, se hace más y más audible, en su habitación usada a modo de dormitorio y biblioteca, Addylah, la muy joven princesa, que solo contaba con cuarenta y dos Jalmutts, (14 años), no se encontraba orando como la mayoría del resto de los habitantes de la Divina Ciudad, pero si se hallaba muy alterada, y se desplazaba nerviosamente entre las enormes cortinas de seda natural de variados colores, que pendían del techo de su habitación construida con grandes piedras de color ocre claro.
Su actitud era por demás de extraña, un gran collar de piedras muy brillantes y pequeños gajos de bronce muy pulido, colgando de su cuello, luego sus firmes y pequeños senos descubiertos, y desde la cintura una corta pieza en forma de enrollado de seda natural, con algunas incrustaciones de piedras y bronce al igual que su collar, su pequeño cuerpo era perfecto, una belleza no igualada en todo el imperio.
Ella se movía dando pequeños pasos y volviendo sobre los mismos, hacia un lado y otro de la habitación al tiempo que las cortinas de seda se contorneaban eróticamente, creando con la luz de la llama que producía la pequeña lámpara de aceite, serpenteantes sombras, excitantes, coloreadas y dantescas en las paredes de la gran alcoba.
El lugar ganaba una magia muy especial.
Addylah, pronto se deja caer sobre una cama improvisada con muchas pieles de tigres y leones acolchonando la gran piedra gris rectangular a modo de cama, pero pronto su rostro cambia, se ilumina, se sonroja, el mismo expresa una indisimulada e imperceptible mueca de felicidad.
- Paddú!, Gilga! – exclama muy suave, apenas susurrando, con un leve movimiento de sus labios.
– Llegan! – repitió apenas mas alto.
– Llegan ya!! – volvió a repetir.
La piel de Addylah era tan blanca como la leche, pues ella le temía al Sol, y no aceptaba al Dios Assur, ni a ningún otro Dios Asirio, ella era una gran estudiosa de las estrellas, tal era su interés por la astronomía y sociología que su recinto íntimo estaba repleto de tablillas de arcilla talladas, apoyadas sobre las paredes que noche tras noche, leía afanosamente y con mucha pasión, tanta como amaba a su medio-hermano Gilgamesh, poco más grande que ella en edad, pero alto, fornido y musculoso, un perfecto guerrero.
Addylah, era una mujer muy inteligente, conocía perfectamente las matemáticas, la farmacología, y la adivinación, tanto, que el adivinador del Dios Rey Assurmuraby, llamado Amuhaby, la consultaba frecuentemente, y así también era muy respetada por todos en general, había quienes la consideraban la Diosa del fuego, motivado por su muy rojizo, denso y gran cantidad de cabello que llegaba hasta bajo de sus hombros, éste, muy abundante destacaba más su belleza aún, sus ojos grandes, alongados y fuertemente verdosos hacían de su rostro la perfección, transmitiendo mucha paz y sabiduría.
– Encontrar Jaláá – balbuceaba, mientras buscaba en un hueco perfectamente escuadrado y profundo, sobre un costado de la piedra-cama, en el cual ella guardaba sus objetos mas preciados.
– Aquí, Si! – y extrajo un varilla de madera bien labrada con tres muescas repartidas en su largo, y tres trozos ovalados de piedras cuarcíferas transparente extrañamente muy bien pulidas.
Ella colocó cada piedra en las muescas de la madera y rápidamente se llegó a su ventana.
El recinto-dormitorio de Addylah se hallaba en la parte más alta del Palacio Real, desde allí, ella podía avistar todo el sector oeste de las afueras de la ciudad, su pequeño invento era una especie de telescopio rudimentario, pero funcionaba, cerrando un ojo, miró a través de él y alcanzó a observar en el sector estepario mas alejado, a las largas filas de las tropas del ejército, con su padre y su amado medio-hermano al frente, y suspirando repitió.
– Están llegando, estarán aquí en sólo doscientos ó trescientos golpes! – iluminando su rostro la buena nueva.
– Maddú!!, Maddú!! – llamaba Addylah a Assuris, su madraza, quien muy silenciosamente siempre se hallaba muy cerca de la princesa.
Como salida de las sombras, Assuris irrumpió en el recinto, siempre guardando silencio, con solo sus ojos reclamó a Alybia la necesidad por la que la llamaba.
– Ungüento!, Maddú, llega Gilga! – le ordena la princesa, mientras le entrega una pequeña vasija de arcilla tostada conteniendo una mezcla de grasa derretida de cabra con polvo fino amarillo obtenido de rocas cobrizas por los Amorritas en las canteras.
Rápidamente Assuris impregna todo el cuerpo de la princesa con el ungüento y ésta queda completamente teñida de un color parecido al oro, así, inmóvil y con los brazos extendidos hacia abajo, parada entre los mantos de seda natural que seguían un movimiento ondulante, ahora por la suave brisa que entraba por la gran ventana, más ofrecía ser una aparición de una erótica ilusión mágica, la lámpara aún encendida le daba fulgor al nuevo color de todo su bellísimo cuerpo desnudo, ya que aún hasta su cabello había sido impregnado con el ungüento dorado.
– Nueve Jalmutts! Maddú, Nueve! – con voz muy suave y algo quebrada susurra la princesa.
– Tiempo demasiado sin amor Addylah! – le contesta Assuris.
Ellas cuentan el tiempo que Gilgamesh estuvo fuera de la ciudad, de campaña militar conquistando otros pueblos, Occidentales seguramente.
Addylah sintió llegar a su amor, y a su padre, pero luego los observó con su dispositivo de madera con media esferas de cuarzo pulido, inteligentemente creado por ella, éste le permitía ampliar increíblemente las imágenes, y con el observaba los planetas y las estrellas noche tras noche.
– Isthar llegar esta noche!, Maddú! – dice Addylah con el ya bello rostro más iluminado aún por el fuerte color amarillo oro y esbozando una ingenua y hermosa sonrisa.
Obviamente ella se refería a Isthar, la muy ansiada Diosa del amor y Diosa entre todos los Dioses.
Mientras, aún, fuera del Palacio, desde la Gran ciudad seguía llegando a los oídos de Assuris y la princesa, el fuerte murmullo de las oraciones al Gran Dios Assur, por el pedido de la vuelta del Sol en la jornada siguiente.
– Felicidad Addylah!!, mucho Isthar! – expresa la madraza muy feliz.
Para los Asirios el sexo era una cuestión esencial de demostración de quien era el macho y quien la hembra, lo consideraban tan importante como hacer la guerra a los pueblos vecinos, tal así que si volvían de una derrota la vergüenza era tanta, que les impedía orgánicamente tener sexo con sus mujeres, hasta alcanzar algún éxito en otra batalla nuevamente, caso contrario acontecía con las mujeres, ellas hacían lo imposible para verse muy bellas, sexys y deseables, para luego, dejar al hombre después de varios días de fuertes sesiones de sexo, completamente agotado y muy satisfecho.
La madraza Assury, Maddú, como la llama Addylah, con su ya probada experiencia en la preparación de los encuentros amorosos de la princesa con su medio-hermano Gilgamesh, comienza con su rito de espolvorear perfume de flores de estación por toda la enorme habitación.
El recinto huele muy bien ahora, más la impresionante y bella figura de la desnuda princesa totalmente dorada, Assury cree que su tarea ha concluido, y que todo se encuentra ahora bajo los designios de la Diosa Isthar.
Pero Addylah le llama la atención a Maddú.
– Shhuhhnn!, escucha Maddú!.. –
Addylah tomando el brazo de Assury, la obliga a guardar silencio, levantando el dedo índice, y muy abiertos los grandes y verdosos ojos de la hermosa princesa, las dos escuchan atentamente.
El silencio es total, absoluto, ya no llega más el murmullo de las cientos de miles de plegarias del temprano anochecer invocando al Dios máximo Assur, desde la ciudad ahora solo llega un hermético silencio.
Pronto, comienza otro murmullo a ocupar el aire de todos los espacios de La Gran Ciudad Divina, es el ruido que produce la entrada de las tropas de élite, con sus carros tirados por grandes y pesados caballos, es que a la ciudad sólo entran los oficiales, el resto del ejército quedó en el enorme campamento fuera de Nínive, ellos festejarán durante tres días con las mujeres secuestradas de los pueblos conquistados, comerán sus animales y dispondrán de todos los trofeos rapiñados y obsequiados por el Dios Rey Assurmuraby.
Pero Gilgamesh no, en la endurecida expresión de su curtido rostro es visible percibir otro deseo diferente, aún a pesar de la sangre que lo cubre por todo su cuerpo, fiel demostración y vestigios inconfundibles de la sangrienta batalla que acaba de librar.
El siente latir con mucha fuerza su corazón y la sangre parece hervir en sus venas, su respiración se acelera e hincha su pecho, percibe, ahora sí, que fue mucha la adrenalina que aún corre por su sangre, siente ahora que fue muy prolongado el tiempo que pasó fuera de los brazos de su amada, y le urge llegar rápidamente a los aposentos de la princesa.
– Maddú, ve!!, ve!!.. – le ordena Addylah a su madraza.
También su pequeño corazón comienza a latir con fuerza y apresuradamente, percibe que su sangre también fluye más rápido y mas caliente, debajo del ungüento dorado su piel se eriza y se ruboriza, siente un cosquilleo en todo su vientre, sus verdosos ojos se abren más, y más.
Ya percibe los gritos de la multitud vitoreando al Dios Rey Assurmuraby y sus generales, en las estrechas y ya oscurecidas calles de la ciudad, las plegarias han dejado lugar a un griterío descomunal, que emiten aquellos pobladores que se encargan en forma desordenada, y muy ruidosamente, de llevarse todo lo que pueden de los grandes carros cargados de trofeos de toda índole, muchos con pieles, tejidos, alfombras, lámparas, vasijas, fuentes, copas, cabras, cerdos y aves, otros con niños, mujeres y esclavos.
La campaña de la que regresan el Dios Rey y sus oficiales trae ciertamente evidencias de haber sido muy sangrienta, desde el Rey Assurmuraby y todos los generales, objetos, mujeres y esclavos están bañados en sangre, algunos pobladores al tomar con sus brazos vasijas y grandes copas, se derraman gran cantidad de sangre sobre ellos, esto crea más confusión y mayor desorden aún entre los infelices que ya pelean por tomar la mejor parte del botín traído por su Dios Rey.
Ya en la enorme plaza frente al Palacio, y en cuyo centro se encuentra el mayor monumento erigido en honor al Dios Rey Assur, se dispone el centenar de carros en círculos, y allí aguardarán hasta el amanecer, en que solo quedarán los rastros de sangre ya coagulada de las millares de víctimas de los pueblos arrasados e incendiados.
No obstante la horda es cada vez mayor y forma una enorme multitud desesperada intentando quedarse con lo que más puedan tomar con sus propios brazos, algunos llegan a pelear ferozmente entre ellos por la obtención de objetos de mayor valor, llegando a un desenfreno total, al cual el Rey y los generales no interponen ningún recurso dejando hacer a la enorme y enardecida turba, no desconocen que convenientemente esta noche el pueblo también festejará.
El Dios Rey Assurmuraby reparte todo lo conquistado con sus soldados y su pueblo, él y sus Generales se quedan con la gloria obtenida, los territorios anexados, y el valor intrínseco de ganar batallas.
El general Gilgamesh no demostraba agotamiento alguno, él permanecía aún erguido sobre su carro tirado por tres caballos, su pesado casco ostentaba en su cimera el escudo del Dios Assur, un disco dorado con alas rojas, detrás del mismo tres plumas de ave teñidas con la sangre enemiga, todo su cuerpo mostraba orgullosamente cortes que aún sangraban, el general Gilgamesh, era inobjetablemente el mayor guerrero Asirio concebido en este momento.
En tanto el Rey Assurmuraby, también firme e imperturbable, a pesar de su edad avanzada, pues contaba ya con 99 jalmutts (33 años), se hallaba aún montado en su caballo con la vista puesta sobre su palacio, y los grandes portones de gruesa madera ornamentado con placas de bronce que ya se hallaban abiertos, y con la formación de honor dispuesta por la guardia personal del Palacio.
El Rey levanta su brazo derecho, y en absoluto silencio los oficiales rompen filas tomando cada cual hacia su residencia personal, solo el Rey en su caballo, y su hijo el general Gilgamesh en su carro, entran a Palacio, inmediatamente, las pesadas puertas se cierran tras ellos lentamente.
Addylah advierte que Gilgamesh está trasponiendo los oscuros pasillos y recintos interiores próximos a su alcoba, ya presiente su presencia ante ella, ya percibe sus fuertes brazos asiéndola firmemente, y solo puede esperar, allí, ansiosamente, parada en el centro de su alcoba.
Pronto se hace presente debajo del arco de entrada a la habitación la figura muy velluda, morada e imponente de Gilgamesh, éste, media figura iluminada por la luz de la lámpara, y la otra mitad a obscuras aún, todavía con la espada ensangrentada en la mano, el casco puesto, y totalmente manchado de sangre, con cortes en los brazos y piernas, y éstos aún sangran todavía, parece más un guerrero peleando una batalla, que un ansioso enamorado presto a hacer el amor a su amada.
En el tenso ambiente de la alcoba de la princesa reinan miradas dulces, pero salvajes, ansiosas, pero feroces, hay un mismo concepto de un deseo desesperado demostrado por ambos, que solo da lugar a permitir un pensamiento cada uno, una sola mención, el nombre, y nada más.
– (Gilga!) –
– (Addylah!) –
Entonces Gilgamesh con violentos, erráticos y descontrolados movimientos arroja torpemente el casco, la espada y su coraza de cuero ensangrentada, dejando su imponente cuerpo al desnudo y la presencia de mayor cantidad de cortes que manan sangre aún, con largos pasos se acerca a ella, sus miradas son firmes, decididas, se hallan enloquecidos por el deseo y la pasión que los envuelve, ellos en este momento se sienten como verdaderos animales en celo, esperaron mucho por esta instancia.
Gilgamesh, de notable mayor altura que Addylah, la toma de la pequeña cintura que ella posee, y la eleva sin ningún esfuerzo, lo necesario para agradecer a los Dioses del cielo y para besarla apasionadamente, indefinidamente, imposible que él note la presencia del ungüento, cual cubre toda la piel de la princesa, así es como los cuerpos de ambos amantes tornan a fundirse tanto que solo sus posiciones y movimientos permiten definir quien es él y quien ella, ya que la mezcla entre el oro de Addylah y la sangre que desbordaba por las heridas aún más abiertas todavía en el cuerpo de Gilgamesh hacían de la escena una visión caótica.
Finalmente la lámpara de aceite se apaga, lentamente, baja la llama que mantiene iluminada la gran alcoba, ya solo queda la enorme luna nueva que gentilmente se deja penetrar por la enorme ventana, e ilumina y proyecta sombras eróticas también de la actividad de los apasionados amantes, éstos necesitan toda la noche para satisfacer sus profundos instintos sexuales, la princesa solo gime y gime, y a momentos se oye también un llanto, Gilgamesh no, solo se le escucha algún fuerte estertor gutural a la llegada de cada orgasmo, la cama, es una parafernalia de pelos de león y tigre arrancados y adheridos a los cuerpos desnudos de los ansiosos amantes, éstos yacen teñidos en rojo sangre y amarillo oro, y bañados por la pálida luz de la luna, quien como única y privilegiada espectadora observa impasible sin intervenir en la mágica y apasionada escena.
Definitivamente también la actividad de los amantes, lentamente se extingue, en función del esfuerzo, finalmente el agotamiento llega, y los pródigos y exhaustos amantes quedan profundamente dormidos, es entonces, que dichosa, la Diosa Isthar se retira presurosa de la alcoba de la princesa con la enorme satisfacción de la tarea y el deber cumplido.
Como antes lo hizo la luna, tímidamente ahora, comienzan a entrar por la ventana de la alcoba de Addylah, los primeros rayitos de sol, pesadamente se alza el globo solar sobre el este de Nínive, La Gran Ciudad de la Grandeza Divina.
La lengua de Addylah recorre suavemente la pìel de Gilgamesch, depositando la suficiente saliva sobre las heridas del fornido guerrero, éste en tanto, duerme profundamente.
La princesa Addylah limpia y cura sus heridas lamiéndolas, recorre deslizando una y otra vez su lengua sobre los múltiples cortes producidos por las espadas enemigas en la obviamente horrible y sangrienta contienda en la que intervino Gilgamesch.
La princesa lleva a cabo su tarea curativa con gran amor y dedicación, pero sus pensamientos son discretamente de desacuerdo con la guerra, ella es conciente que lame la sangre de su amado, y consecuentemente la de los enemigos y víctimas de Gilgamesch.
Consecuencia de las habilidades paranormales de la princesa Addylah, ella, puede “ver”, muchos eventos o situaciones antes de éstos suceder, así también luego de acontecidos, habilidad ésta, que es admirada y muy temida por todos quienes la llaman “La más bella Diosa del porvenir y del pasado”, Addylah , para lograr “ver” el futuro o el pasado de alguien, la princesa debe tomar contacto con su piel.
Ver el cambio de expresiones y fuertes contracciones de espanto, en el rostro de Addylah, mientras lame las heridas y consecuentemente la sangre de cientos de víctimas, la princesa “ve” guerreros extranjeros que luchan denodadamente para finalmente “caer” bajo la certera espada de su amante, otros corren espantados sin armas, y son igualmente traspasados por la misma espada, así uno a uno de los contendientes pasan ante ella derramando tanta sangre, la violencia desatada y el fuego encendido en las chozas crean un caos y una confusión inconcebible, múltiples gritos de terror, niños y mujeres llorando desconsoladamente tratando de huir del lugar llevando a sus muertos, para finalmente su visión se hace más lenta, observa a su amado parado sobre su carro avanzando sobre varios guerreros armados, pero entre ellos hay un hombre, pequeño, su piel muy blanca, sin ropas, sin barba ni cabello, extrañamente no está armado, ni siquiera intenta guarecerse ante el rechinar de las espadas, se lo ve en paz, increíblemente sereno, su semblante solo evidenciaba ser solo un doliente espectador, de manera intermitente la roja iluminación de las llamas de las antorchas y los incendios de las chozas lo iluminaban, y volvían a hacerlo, para luego quedar a oscuras, pero, Gilgamesch no lo ve, el guerrero sigue su carrera de muerte con la espada en la mano sin notar la presencia del extraño personaje.
Addylah presiente que el extraño personaje estaba esperándola, pues lo vio con la mirada puesta en ella.
La princesa, que se encuentra encaramada y en cuclillas sobre el lacerado y velloso cuerpo del guerrero dormido y su humedecida lengua sobre su piel, en un acto reflejo, rápidamente, levanta la cabeza y suspende su visión y conexión paranormal con el horrible pasado, dando un ágil brinco abandona la desordenada cama, al posar sus pies en el piso recién nota las pieles de tigre y león teñidas de sangre y de ungüento, dispersas por el mismo, suficiente referencia de la fuerte actividad amorosa desplegada por los amantes durante toda la noche.
Addylah se desplaza con suavidad por su alcoba hasta donde se encuentran las tablillas apoyadas sobre el ángulo que forman la pared y el piso.
Busca, separando varias de ellas, hasta encontrar dos o tres que separa y lleva hasta la ventana donde ya penetra más iluminación del sol, y exclama.
– Mismo hombre!!?? – con voz muy baja y suave.
El grabado que yacía sobre la tablilla era igual al hombre que ella vio en su visión sobre la peluda piel sangrante de su amado.
– Quien??...es?? – volvió a repetir muy confundida.
Addylah sentada en el piso, su pie naturalmente pálida, otra vez, desnuda aún, prácticamente su cuerpo perdió todo el ungüento dorado, observa la tablilla con la figura tallada del hombre “sin pelos”, visto en su visión e intenta pensar, trata de comprender que está sucediendo, quien es el?, que hacía en esa feroz batalla?, porque Gilgamesch no lo alcanzó a ver siquiera?, quien lo grabó en esa antigua tablilla?.
– (Paddú?, conocerá misterio..??) – piensa en su padre Addylah.
Inmediatamente Addylah vuelve al lecho con su amado, y agazapada sobre la ancha espalda del mismo, prosigue con su ardua tarea de curar las heridas que lentamente van cerrando, al suave desplazamiento de la lengua con abundante saliva que produce la coagulación de la sangre de Gilgamesch, ella sabe que difícilmente el guerrero despierte antes de la mitad de la jornada del tiempo del Dios Sol.
La princesa ama profundamente a su medio-hermano pero tampoco desconoce que su amado guerrero es un hombre algo torpe y muy rústico, como para intentar comprender con él la procedencia y razón de ese extraño extranjero “sin pelos”, en medio de esa encarnizada batalla, aparentemente sin ser visto, pero porqué ella lo “ve” ahora?.
Addylah busca nuevamente el sitio donde lamiendo el mismo, “encontró” la visión de la extraña criatura casi humana, se encuentra nuevamente con la pequeña herida, la misma ya no sangra, es un corte limpio, pero..
– (brillo dentro!!) – piensa la princesa, al notar algo pequeño y brilloso a flor de la herida, que no había notado antes.
Suavemente con sus uñas lo extrae, y ya no brilla.
– (Que??) – desconoce totalmente el objeto, es una especie de plaqueta transparente, separada por tres colores tenues, azul, rojo y amarillo, y del tamaño de la uña del dedo mayor de su mano. Rápidamente, desciende de la rústica cama, flexionando sus piernas, y bajando la cabeza en forma agazapada, demostrando desconfianza y temor, se llega hasta la ventana con el objeto en su mano, lo gira con sus dedos, observa atentamente con la ya plena luz del día, lo huele, sin ningún resultado, entonces se lo lleva a la boca, y lo intenta morder, es muy duro, pero su saliva toma contacto inmediato con el. La princesa se desploma y cae de rodillas al piso rústicamente alfombrado con pieles de tigres y leones, comienza a temblar intensamente, el objeto sigue en su boca, sobreviene un estremecimiento generalizado en todo su bello y pequeño cuerpo desnudo aún, llegan convulsiones bruscas, luego prolongados espasmos sacuden a la princesa Addylah, para finalmente quedar sentada en el piso, su espalda contra la pared debajo de la ventana, sus brazos arrollando sus rodillas y la cabeza apoyada en ellas, su enorme y bellísimo cabello rojo la cubre toda, ella, está “viajando” mentalmente, su capacidad paranormal está al límite, la princesa Addylah está experimentando una visión asombrosa y sorprendente.
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